El más querido y admirado de los santos católicos. Su vida fue la inspiración más fiel de Cristo, del cual copio su ejemplo de manera ejemplar. En el siglo XII hubo cambios fundamentales en la sociedad europea de la época. El comienzo de las Cruzadas, así como el incremento demográfico, entre otros motivos, influyeron en el aumento del comercio. La economía seguía teniendo su base fundamental en el campo dominado por el sistema feudal, pero los excedentes de su producción se canalizaban con mayor dinamismo que en la Alta Edad Media (siglos V al X).
Aunque todavía no se estaba produciendo una clara transición del feudalismo al capitalismo, los estamentos privilegiados seguían siendo la nobleza y el clero. Sin embargo los burgueses (la clase media) artesanos, mercaderes, profesionales liberales y hombre de negocios, comenzaban a tener posibilidades de ascenso social. El comercio y la banca crecían dominados por el constante afán de lucro. La Iglesia católica, protagonista de ese tiempo, también se vio influida por la nueva riqueza. No eran pocas las críticas a algunos de sus ministros que se preocupaban más por el crecimiento patrimonial y sus relaciones políticas de conveniencia, que de su rebaño.

Infancia y Juventud
Es en este tiempo que viene al mundo Francisco de Asís. Nació con el nombre de Giovanni di Pietro Bernardone en Asís en la provincia de Perugia, en la región de Umbría. Entre 1181 a 1182. Hijo de Pietro Bernardone dei Moriconi y la noble provenzal Joanna Pica de Bourlémont. Su padre era un próspero comerciante de telas que formaba parte de la burguesía de Asís y que viajaba constantemente a Francia a visitar las ferias locales. Fue la afición a esta tierra por lo que su padre lo apodó como Francesco o el francesito. Al parecer Francesco, (un nombre muy poco común en la época) era muy afecto a la lengua francesa y a los trovadores.
Francisco recibió la educación regular de la época, en la que aprendió latín. De joven se caracterizó por su vida despreocupada. No tenía reparos en hacer gastos cuando andaba en compañía de sus amigos, en sus correrías periódicas, ni en dar grandes limosnas. Como cualquier hijo de un potentado, sus ambiciones se centraban en ser exitoso. La ciudad de Asís ya estaba envuelta en conflictos para reclamar su autonomía del Sacro Imperio Romano Germánico. Que mejor forma de ganar fama y ser exitoso que portar las armas. En 1197 lograron quitarse de encima la autoridad germánica, pero desde 1201 se enfrascaron en otra guerra contra Perugia, apoyada por los nobles desterrados de Asís. En la batalla del puente de San Giovanni (en noviembre de 1202), Francisco fue hecho prisionero y estuvo cautivo por lo menos durante un año.

Desde 1198 el pontificado se hallaba en conflicto con el Imperio y Francisco formó parte del ejército papal contra los germanos. Fue durante el despliegue de fuerzas papales a Apullia (en 1205), cuando durante la noche escuchó una voz que le recomendaba regresar a Asís. Así lo hizo y volvió ante la sorpresa de quienes lo vieron, siempre jovial pero envuelto ahora en meditaciones solitarias. Un cambio empezaba a manifestarse en el carácter del soldado. Empezó a mostrar una conducta de desapego a lo terrenal. Un día sus amigos le preguntaron si estaba pensando en casarse. Francisco estaba sentado, en profunda paz, a lo que les respondió, “ Estais en lo correcto, pienso casarme, y la mujer con la que pienso comprometerme es tan noble, tan rica, tan buena, que ninguno de vosotros visteis otra igual” Hasta ese momento todavía no sabía él mismo exactamente, el camino que había de tomar de ahí en adelante. Fue después de profundas reflexiones y oraciones que supo que la dama a quien se refería era la pobreza.
El soldado da paso al monje
Tal vez el punto culminante de su transformación se dio cuando convivió con los leprosos, a quienes tiempo antes le parecía “extremadamente amargo mirar”, según sus propias palabras. Este acto de amor y caridad se repetiría muchas veces más durante su vida. Se dedicó después a la reconstrucción de la capilla de San Damián. Según los relatos, lo hizo después que el crucifijo de esta iglesia le dijese “Francisco, vete y repara mi iglesia, que se está cayendo en ruinas”. Entonces decidió vender el caballo y las mercancías de su padre, regresó a San Damián con lo ganado y se lo ofreció al sacerdote, pero este lo rechazó. Su padre, al darse cuenta de la conducta de su hijo, fue enojado en su búsqueda, pero no lo halló. Un mes después Francisco fue encarar a su padre. En el camino a su casa, las personas con que se cruzó lo recibieron mal, creyéndolo un lunático, le lanzaron piedras y lodo.

Su padre lo reprendió severamente, tanto que lo encadenó y lo encerró en un calabozo. Al ausentarse el airado padre por negocios, la madre lo liberó de las cadenas. Cuando regresó, y vio que Francisco no estaba, fue ella quien recibió las reprimendas del señor de la casa. Otra vez fue en búsqueda del muchacho a San Damián, pero Francisco se plantó con calma y le reafirmó que enfrentaría cualquier cosa por amor a Cristo. Pietro Bernardone, preocupado por lo perdido de su patrimonio, acudió a las autoridades civiles a forzarlo a presentarse, pero el joven rehusó hacerlo con el argumento de no pertenecer ya a la jurisdicción civil, por lo que las autoridades dejaron el caso en manos de la Iglesia. Francisco se sometió al llamado de la autoridad eclesiástica. Ante el requerimiento de devolver el dinero frente a su padre y al obispo de Asís, de nombre Guido, no solo lo hizo, sino que se despojó de todas sus vestimentas ante los jueces. Proclamando a Dios desde ese momento, como su verdadero Padre. Ante esto, el obispo lo abrazó y le envolvió con su manto.
Antes de juzgar con demasiada severidad al padre de Francisco, imaginen que le dan un camión de reparto a uno de vuestros hijos con mercadería del negocio. Este no solo vende el camión y la mercadería, sino que con el dinero pretende reparar un templo derruido. Al ser despreciado su gesto, usa ese dinero para alimentar a los pobres y ayudar a necesitados. ¿Cómo se sentirían Ustedes? Al encarar a este hijo o hija díscola, el muchacho o la muchacha, se desnuda y se va a predicar el evangelio por el mundo, por un amor que le embargaba totalmente. No fue el primero, ni fue el último ser humano en hacer esto. En el caso de Francisco fue consistente hasta su muerte de este pensamiento y nunca se apartarto del camino que eligió, lo que lo convierto en el ejemplo que es.

Los Hermanos Menores
No se sabe con certeza cuántas iglesias en ruinas o deterioradas reconstruyó. Entre ellas, a la que más estima tenía era la capilla de la Porciúncula (“la partecita”, llamada así porque estaba junto a una Iglesia mayor). Allí fue donde recibió la revelación definitiva de su misión, probablemente el 24 de febrero de 1208. Cuando escuchó estas palabras del Evangelio: “No lleven monedero, ni bolsón, ni sandalias, ni se detengan a visitar a conocidos” Lucas,10. Así, cambió su afán de reconstruir las iglesias, por la vida austera y la prédica del Evangelio. Después de someterse a las burlas de quienes lo veían vestido con harapos, ahora su mensaje era escuchado con atención. Al contrario de otros grupos reformadores de la época, el suyo no era un mensaje de descalificaciones ni anatemas.
En unos meses sus discípulos sumaban once. Bajo la pobreza que Francisco predicaba y pedía, los frailes hacían sus labores diarias atendiendo leprosos, empleándose en faenas humildes para los monasterios, casas particulares y trabajando para granjeros. Para las necesidades cotidianas hacían la colecta de limosna, inevitable labor que Francisco alentaba con alegría por haber elegido el camino de la pobreza. Comenzó también la expansión del mensaje evangélico, y para ello los estimuló a viajar en parejas de esta manera eran más efectivos. Hacia abril o mayo de 1209, Francisco se decidió a presentarse ante el Papa Inocencio III, para que le aprobara la primera regla de la Orden. Con ese fin, él y sus acompañantes emprendieron el viaje a Roma.

Fue bajo la intervención del obispo Guido de Asís como pudo tener audiencia con el papa. Este y ciertos cardenales objetaban el programa franciscano por el peligro de crear otra organización nueva, debido a los movimientos anticlericales de la época y a la falta de una mínima base material de la orden. Pero bajo la influencia del cardenal Juan de San Pablo y su apoyo, Francisco pudo tener una nueva audiencia para que se considerara la aprobación de su hermandad de pobres. El papa por fin aprobó la regla verbalmente, al convencerse de que la ayuda de un hombre como Francisco reforzaría la imagen de la Iglesia con su prédica y su práctica del Evangelio. No se conoce el contenido de esta primera regla. Fue por esta época cuando fundó, junto a Santa Clara de Asís la llamada segunda orden (la rama femenina, llamada Damas pobres y posteriormente como las hermanas clarisas)
Camino de vuelta a Asís, Francisco y sus frailes se ubicaron en un lugar llamado Rivotorto, donde consolidaron sus principios de vivir en la pobreza, conviviendo entre los campesinos locales y atendiendo a leprosos. Desde entonces se hacían llamar a sí mismos como los Hermanos Menores o Frailes Menores (el nombre fundacional de la congregación es Ordo Fratrum Minorum). Después de la estadía en Rivotorto, Francisco buscó una sede para su orden; para ello pidió la ayuda del obispo Guido, pero no consiguió respuesta favorable. Fue un abad benedictino del Monte Subiaso quien le ofreció la capilla de la Porciúncula y un terreno adyacente. Francisco aceptó, pero no como un regalo, sino que pagaba como renta canastas con peces. Es por esta época que se da el evento del lobo.

San Francisco, milagros, política y evangelización
El lobo de Gubbio era un cánido feroz, que asolaba la ciudad homónima, situada en Umbria. De acuerdo con la narración, este lobo había devorado tanto animales como personas. Presentaba tal ferocidad que nadie se aventuraba siquiera a salir de la ciudad. San Francisco, movido por su compasión a los habitantes del lugar, actuó motu proprio sin que solicitaran su intervención. Buscó al lobo y lo conminó en nombre de Cristo. Logró hacer un pacto con él al “convencerlo” de no seguir sus fechorías a cambio que los pobladores le darían el sustento que necesitaba. La bestia puso una pata delantera sobre la mano de Francisco en señal de asentimiento. Apenas el pobrecito de Asís trazó la señal de la cruz, el lobo cerró la boca y se echó a sus pies. Conducido por Francisco hasta la ciudad, el lobo vivió en ella durante dos años hasta su muerte por vejez.
Antes de 1215 el número de frailes se había incrementado, no solo en Italia sino en el sur de Francia y España. Viajaban los franciscanos de dos en dos y convivían con la gente común, ayudando y cuidando leprosos. Y predicando el evangelio. Durante el Concilio de Letán de 1215, el papa Inocencio III tomó la letra Tau (griega) como símbolo de conversión y señal de la cruz. De ahí en adelante el poverello de Asís fue devoto de este símbolo, adoptándola como su cruz personal. En esa época, el cardenal Hugolino les ofreció a él y a Santo Domingo de Guzmán la posibilidad de formar cardenales de las filas de sus órdenes. Francisco acorde con sus principios respondió: “Eminencia: mis hermanos son llamados frailes menores, y ellos no intentan convertirse en mayores. Su vocación les enseña a permanecer siempre en condición humilde. Mantenedlos así, aún en contra de su voluntad, si Vuestra Eminencia los considera útiles para la Iglesia. Y nunca, os lo ruego, les permitáis convertirse en prelados”

En el año de 1217 se organizó el primer capítulo de los Frailes Menores. Eran reuniones anuales para intercambiar experiencias. Para la organización apropiada de los territorios en que los frailes se habían dispersado, fue en esta que organizó también provincias de evangelización. Hacia el capítulo de 1219, la orden tuvo sus primeras disensiones respecto de las normas de pobreza dictadas por Francisco. Algunos persuadieron al cardenal Hugolino para que hablara con él, a fin de que la orden fuera dirigida por hermanos “más sabios” y de acuerdo con reglas como la de San Benito (la cual permitía un manejo económico mayor de propiedades y riqueza), a lo que San Francisco se opuso, recalcando la forma de vida de humildad y simplicidad. La innovación que brotó de este encuentro fue la organización de misiones a las llamadas “tierras paganas”. El embrión del descontento ya estaba presente.
En 1219 se embarcó hacia el oriente, donde los cruzados que estaban bajo la orden del duque Leopoldo VI de Austria se aprontaban a atacar. Allí, Francisco los previno de que había sido alertado por Dios de que no realizaran ningún ataque. Ante sus palabras, los soldados se burlaron de él. El resultado de la siguiente batalla fue un desastre para los cruzados. Continuó su estadía y el aprecio hacia su persona crecía, incluso algunos caballeros abandonaron las armas para convertirse en frailes menores. Tomó como misión la conversión de los musulmanes. Para ello se acompañó del hermano Illuminato (no olviden que los franciscanos viajaban en pareja) para adentrarse en esas tierras. Al encontrarse con los primeros soldados sarracenos fue golpeado, pero inmediatamente pidió ser llevado ante el Sultán de Egipto Al-Malik al-Kamil.

Según relata Buenaventura, San Francisco en su afán de convertirlo al cristianismo, invitó a los ministros religiosos musulmanes a entrar con él en una gran fogata (equivalente a una ordalía (juicio de dios) o prueba del fuego, para así demostrar qué religión era la verdadera. Los mulás rehuyeron la propuesta. Francisco ofreció entrar solo y retó al Sultán a que, si salía ileso, se convertiría al cristianismo e incitaría a su pueblo a hacerlo. El regente rechazó también esa posibilidad. Al final, sus pretensiones se frustraron. En reconocimiento, el Sultán de Egipto entregó a Francisco un cuerno de marfil finamente tallado que habría oficiado de salvoconducto en tierras musulmanas y que se conserva en la Basílica de Asís.
La orden, durante su ausencia, sufrió una crisis. Hubo disensiones, falta de organización y desacuerdos con la ruda vida diaria. El rumor sobre la muerte de Francisco en el Oriente dio pie a implantar reformas, entre ellas ciertas medidas disciplinarias, ayunos e incluso la institución de una casa de estudio en Bolonia. Muchos consideraron estos cambios contrarios a la idea original del fundador. Enterado de estos sucesos, Francisco fue ante el papa Honorio III y le rogó que designara al cardenal Hugolino para reorganizar la orden. Las nuevas disposiciones tuvieron un nuevo Ministro General, Elías Bombarone, y una nueva regla, la de 1221 (Regla no bulada) que entre otros temas trató el año de noviciado, la prohibición del vagabundeo y de la desobediencia ante órdenes contrarias a los principios franciscanos.

Ante el incremento de las vocaciones y el peligro de inclusión de gente de dudosa vocación espiritual, nació la llamada Venerable Orden Tercera, para permitir a hombres y mujeres laicos vivir el Evangelio tras las huellas de San Francisco. Obtuvo su estatus legal en 1221 también con la ayuda del cardenal Hugolino. Consistía de trece capítulos en los que se reglamentaba la santificación personal de los terciarios, su vida social y la organización de la nueva fraternidad. Bajo influencia nuevamente de este cardenal, la orden reabrió el convento de Bolonia para el estudio, a pesar de la convicción de Francisco de la primacía de la oración y la prédica de los Evangelios por sobre la educación formal. Al no ser sacerdote, en vez de dar doctrina, practicaba una predicación exhortativa, esto es, incitaba a la conversión y a vivir una vida evangélica. Predicaba también con el ejemplo, con su estilo de vida aliada a la pobreza. Su manera de predicar era por medio de alabanzas, con el objetivo de llamar la atención de los hombres a honrar al Ser Supremo
Debido a la cercanía de la Navidad, a la que él tenía especial aprecio, quiso celebrarla de manera particular ese año de 1223. Para ello convidó a un noble de la ciudad de Greccio, de nombre Juan, a festejar el nacimiento de Jesucristo en una loma rodeada de árboles y llena de cuevas de un terreno de su propiedad. Pretendió que la celebración se asemejara lo más posible a la natividad de Jesús en Nazaret. Montó un pesebre con animales y heno. Pobladores y frailes de los alrededores acudieron a la misa en procesión. Allí Francisco asistió como diácono y predicó un sermón. Aunque no fue la primera celebración de este tipo, es considerada un importante acontecimiento religioso, una fiesta única. Asimismo, se considera que en esa celebración, San Francisco inventó los nacimientos o belenes, escenificaciones plásticas del nacimiento de Cristo.

Los Estigmas de Cristo
Francisco asistió en junio de 1224 a lo que fue su último capítulo general de la orden. Hacia principios de agosto decidió hacer un viaje a un lugar aislado llamado Monte Alvernia, a unos 160 kilómetros al norte de Asís. Escogió para este viaje a algunos de sus compañeros: León, Angelo, Illuminato, Rufino y Masseo, a quien puso al mando del grupo. Estando en la cima, fue visitado por el conde Orlando, quien llevaba provisiones a los hermanos. Francisco le pidió construirle una cabaña a manera de celda, donde después se aisló. La oración ocupó siempre un lugar central en la vida de Francisco, para ello buscaba la vida eremítica, el silencio y soledad interior. Reforzaba sus plegarias postrándose, ayunando, e incluso, gesticulando.
En ese lugar, fray León fue testigo de los actos de su soledad, lamentos por el futuro de la orden y estados de éxtasis. Al saber que era espiado, decidió irse a un sitio más apartado en una saliente de montaña. En la fiesta de la Asunción, Francisco decidió hacer un ayuno de cuarenta días. Fray León lo visitaba dos veces al día, para llevarle pan y agua. Según los relatos que recogieron los testimonios de León, este fue testigo de la aproximación y alejamiento de una bola de fuego que bajaba del cielo. Por este prodigio, Francisco le comentó que algo grande estaría por ocurrir. Le hizo abrir tres veces el misal para encontrar respuesta, y las tres veces se abrió en la historia de la Pasión de Cristo.

El 14 de septiembre de 1224, oró para recibir dos gracias antes de morir. Sentir la Pasión de Jesús, y una enfermedad larga con una muerte dolorosa. Después de intensas oraciones, entonces en un trance profundo, se le presentó un serafín rodeado por seis alas angélicas y le imprimió las señales de la crucifixión en las manos, los pies y el costado. Posteriormente, sus hermanos vieron los estigmas de Francisco, que él conservó por el resto de su vida. Sin embargo, se dice que Francisco (al igual que otros santos estigmatizados) hizo todo lo posible para ocultarlos a la vista de los demás por considerarse indigno, no del dolor que sentía, sino de ser portador de las señales de la Pasión de Cristo. Por ese motivo, fue que, desde entonces llevaba las manos metidas entre las mangas del hábito y con los pies cubiertos por medias y zapatos.
La muerte del hermano Francisco
Retornó a Asís acompañado solo por uno de sus discípulos. En su camino hubo muestras de veneración al estigmatizado, aparentemente su acompañante hacía saber a todos acerca del prodigio. Mientras tanto, su salud (que hacía tiempo no era buena) empeoraba. El sangrado de sus estigmas lo hacía sufrir constantemente. En el verano de 1225 pasó un tiempo en San Damián bajo el cuidado de sus allegados. Fue durante esta temporada que compuso el Cántico de las criaturas (también conocido como el cántico del hermano Sol). Se encaminó luego a Rieti, rodeado del entusiasmo popular por tocarlo o arrancar algún pedacito del pobre sayo que vestía. Al llegar se instaló en el palacio del obispo. Después se hospedó en Fonte Colombo, donde fue sometido a tratamiento médico, que incluyó cauterizar con un hierro ardiente la zona desde la oreja hasta la altura de la ceja de uno de sus ojos. Según los relatos, Francisco no sintió dolor al “platicar” con el fuego para que no lo dañara. Otro intento para ser tratado por renombrados médicos fue hecho en Siena, sin buen resultado.

Deseó volver a la Porciúncula a pasar sus últimos días. Arribó a Asís y fue llevado al palacio del obispo y resguardado por hombres armados, puesto que la localidad estaba en estado de guerra. En su lecho escribió su Testamento. En sus últimos momentos entonó nuevamente su Cántico al Hermano Sol, al que agregó un nuevo verso dedicado a la hermana Muerte. De acuerdo con su último deseo, fue encaminado a la Porciúncula, donde se estableció en una cabaña cercana a la capilla. Murió el 3 de octubre de 1226 a la edad de 44 años. Al día siguiente, el cortejo fúnebre se encaminó hacia San Damiano y después a San Giorgio, donde fue sepultado. Fue canonizado el 16 de julio de 1228. Sus restos se encuentran en la Basílica de San Francisco en Asís
Consideraciones finales
En un breve periodo de tiempo San Francisco de Asís cambio completamente la forma de vivir según los evangelios. Le siguieron hombres y mujeres que luego ellos mismos serían considerados santos y santas por su devoción a Cristo. San Francisco ha quedado como aquel que, en su espíritu de pobreza y desprendimiento, probablemente más se pareció a Jesús en la historia de la cristiandad. El «Pobre de Asís» sigue conmoviendo por su capacidad de reconciliación con todo y con todos, respetado no solo por creyentes de todas las religiones, sino también por no creyentes.
Es tal vez, el santo más ecuménico de la Iglesia Católica razón por la cual se realizaron encuentros interreligiosos mundiales en Asís, la “Ciudad de Francisco”. Por su devoción a los animales como criaturas de Dios, es el patrono de los veterinarios y de los profesionales relacionados con bosques y forestas y por extensión, de los movimientos ecologistas que empeñan sus esfuerzos en el cuidado de la naturaleza y del ambiente.

El mundo cristiano está lleno de iglesias y de altares dedicados a él y por él su nombre, antes bastante raro, se hizo habitual en toda Europa. Aunque algunos sostienen que la creación del pesebre es anterior a San Francisco, fue sin dudas él quien popularizó el Nacimiento o escena del nacimiento de Jesús. Al entrar a rezar en la ermita de Greccio en la Navidad de 1223, Francisco sintió el deseo de representar en vivo el nacimiento del Niño Jesús, y ese hecho fue decisivo en la universalización de esa tradición. En 1986, a petición de las asociaciones belenistas de todo el mundo, el papa Juan Pablo II proclamó patrono universal del «Belenismo» a San Francisco de Asís.
Francisco no fue el creador de la llamada Oración de la paz de San Francisco, poema francés publicado en 1912 y atribuido a un fraile italiano anónimo desde 1916 hasta fines del siglo XX. Sin embargo, se la considera una síntesis del ideario vivido por el “Santo de Asís” En virtud de la devota peregrinación de San Francisco a Oriente, y de su voluntad de reconciliar a todos los hombres, los franciscanos son los custodios de los Santos Lugares. La presencia franciscana en Tierra Santa, que con diversas vicisitudes se ha mantenido siempre, adquirió estabilidad y carácter oficial de parte de la Iglesia en 1342, año en que el papa Clemente VI promulgó dos bulas: Gratias agimus y Nuper carissimae, en las que encomendó a la Orden Franciscana la «custodia de los Santos Lugares». Cuando, en 1992, se cumplieron los 650 años de tales bulas, Juan Pablo II envió al ministro general de la orden un mensaje de felicitación a la vez que de exhortación a perseverar en el encargo recibido de la Iglesia. Por ultimo aquí les dejo la Oracion por la Paz.
Señor, haz de mí un instrumento de tu paz:
donde haya odio, ponga yo amor,
donde haya ofensa, ponga yo perdón,
donde haya discordia, ponga yo unión,
donde haya error, ponga yo verdad,
donde haya duda, ponga yo la fe,
donde haya desesperación, ponga yo esperanza,
donde haya tinieblas, ponga yo luz,
donde haya tristeza, ponga yo alegría.
Oh Maestro, que no busque yo tanto
ser consolado como consolar,
ser comprendido como comprender,
ser amado como amar.
Porque dando se recibe,
olvidando se encuentra,
perdonando se es perdonado,
y muriendo se resucita a la vida eterna

Deja una respuesta