La escalera de Loreto

En la ciudad de Santa Fe, en el estado de Nuevo México (EE. UU) existe una capilla muy peculiar. Esta se encuentra sobre la calle de San Francisco de Asís. Esta capilla se la conoce como la Capilla de Loreto. Y alberga en su interior una inusual escalera.

En 1850, Jean Baptiste Lamy fue nombrado obispo de Santa Fe, dentro de su planificación para su diócesis contemplo la idea de construir algunas iglesias y centros educativos que se estaban necesitando. Se comunicó con una orden de monjas dedicadas a los menesteres educativos y les pidió que viniesen desde Kentucky a Santa Fe para establecer una escuela para niñas. Las monjas aceptaron de buen grado esa misión apostólica y emprendieron un viaje lleno de peligros. En el camino se toparon con bandoleros e indios hostiles. Fue un duro viaje, pero llegaron con bien a su destino, donde comenzaron su labor.

En 1872, la escuela decidió pedir a la arquidiócesis, una capilla. El obispo estuvo de acuerdo y ordenó la construcción de una capilla para el convento de la ciudad (que además albergaba la escuela) con el nombre de Nuestra Señora de la Luz a cargo de las hermanas de la Orden de Loreto.  La capilla fue construida por el arquitecto francés Antonio Mouly en estilo neogótico, al estilo de la Sanite-Chapelle de Paris. El coro de reducidas dimensiones se encontraba por encima de la congregación y lógicamente precisaba de una escalera para acceder al mismo. Este coro tendría un carácter provisional. Pero el arquitecto murió repentinamente, dejándose sin construir la escalera para llegar al coro de la capilla.

Se consultaron a varias personas buscando una solución. Básicamente todas las consultas terminaban en dos soluciones, derribar el pequeño coro y construirlo nuevamente o seguir accediendo al mismo por medio de escaleras de mano. Había otro problema, el dinero empezaba a escasear, así que derribar el coro no era ya una opción. Y escaseaba también la mano de obra calificada para afrontar el trabajo. Las hermanas entonces decidieron pedir ayuda divina. Para eso iniciaron un ayuno y oraciones durante nueve días a San José, santo patrono de los carpinteros. Al día siguiente de terminar esta novena, se presentó en la puerta del convento un hombre de extraña apariencia.

Vestía descuidadamente con ropas muy viejas. Les dijo a las monjas que les construiría la escalera que estaban necesitando, pero que necesitaba total aislamiento para hacer su trabajo. Las monjas accedieron de muy buena gana aceptando los términos del extraño. El cual se encerró en la capilla durante tres meses. Llevaba consigo unas pocas herramientas primitivas, entre ellas una escuadra, una sierra y un martillo.

Usaba madera que el mismo traía durante las primeras horas del día. O eso parecía. Las hermanas cumplieron a cabalidad lo prometido. Nunca entraron a la capilla mientras el hombre trabajaba. Lo hacía solo, comía muy frugalmente y casi no le dirigió la palabra a ninguna persona durante ese tiempo. Al terminar el tercer mes, le comunico a la madre superiora que el trabajo estaría terminado al iniciar el Ángelus del otro día. Esta es la primera oración del día. Es con la que la mayoría de las órdenes religiosas comienzan la jornada y se reza a las seis de la mañana. Al presentarse la madre superiora a la mañana siguiente, encontró la puerta de la capilla entreabierta. Ella llevaba consigo el pago para el carpintero.

Al entrar no encontró a nadie, en el centro de la nave había unas mesas. Virutas y aserrín de Abeto daban la pista de la madera utilizada y nada más. No encontró herramientas, tablones ni clavos. Y ni pista del carpintero. Pero si había algo más en la capilla. Algo que enmudeció a la vieja monja he hizo que se llenaran los ojos de lágrimas. Una hermosa escalera de caracol conectaba la capilla con el coro superior. Una escalera imposible.

Al principio las hermanas estaban asombradas y consternadas. El hombre había desaparecido sin dejar rastros, sin cobrar su trabajo y sin una palabra. Se ofreció ese dinero como recompensa para dar con el paradero del sujeto. Se empezó a recopilar información, ya que no había nada escrito, ni contrato de trabajo, ni órdenes de compra de la madera, que por cierto hasta hoy en día se desconoce de qué especie de abeto fue usada en la construcción. Nadie lo vio trabajar, solo se escuchaba el ruido normal de una carpintería, nadie pudo entrar a la capilla mientras la escalera era construida. La puerta siempre permaneció cerrada. Nadie vio llegar ningún carro con la madera.

Y hasta aquí parecería ser la obra de una persona un tanto singular y misteriosa. Sin embargo, solo es el comienza, ya que la escalera en si es muy interesante. Construida sin un solo clavo, está unida por clavijas de madera. Sube seis metros y presenta dos vuelta con treinta y tres escalones. Al igual que los años que tenía Cristo cuando murió. Carece de un soporte central visible. Se supone que la espiral central de la escalera es lo bastante estrecha para servir como apoyo central. En cualquier caso, la escalera original no estaba sujeta de ninguna forma a ninguna pared o puntal. El punto de apoyo y de equilibrio es para muchos arquitectos “imposible”. La dificultad técnica para construirla es sin duda notable. La escalera original carecía de barandas, las cuales fueron colocadas posteriormente en 1887 por el artesano Phillip August Hesch. Además, le pusieron un soporte de hierro a un pilar adyacente, por concejo de un nervioso constructor que pensaba que la escalera podía ladearse y caerse, algo que nunca pasó durante los diez años previos a la intervención.

Para las hermanas resultó evidente desde el primer día, que el extraño carpintero no era otro que el mismísimo San José, que las auxilio en persona construyendo esta maravilla de la carpintería. Este rumor fue tomando fuerza a medida que se iban conociendo los detalles y maravillas de la escalera. El método de construcción sin clavos ya que estos eran de costo prohibitivo en la época de Jesús. La maestría demostrada por el anónimo carpintero. Su desaparición sin llevarse el pago, o el origen incierto de la madera utilizada.

La capilla fue utilizada a diario por las alumnas de la Academia Loreto. La Academia cerró sus puertas en 1968 y la propiedad fue puesta a la venta. En el momento de la venta, en 1971, la capilla de Nuestra Señora de la luz fue desconsagrada como capilla católica. Actualmente la escalera está valorada en unos 150 000 dólares. La capilla de Loreto es ahora un museo privado con visitas guiadas y se alquila para celebrar bodas.


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