Hoy es Domingo de Resurrección, el ultimo día de la semana santa y la última entrega de esta serie.
La noche casi termina, en el cementerio todo está en silencio. Los guardias romanos apostados en la tumba están para prevenir que los seguidores de Cristo se roben su cuerpo y luego proclamen que resucitó de entre los muertos. Eran cuatro soldados que se relevaban cada cuatro horas. No se sabe a ciencia cierta que sucedió en la hora previa del amanecer.

Tres mujeres van a la tumba del Maestro, según Marcos. María Magdalena, Salome y María madre de Jacobo. Encuentran la tumba abierta, la piedra que sellaba la entrada desplazada de su sitio. De la guardia romana ni rastro. Al entrar al recito dos hombres jóvenes, vestido de blanco, (probablemente ángeles) les dicen a las mujeres que al que buscan, no se encuentra allí.
Salen corriendo a avisar a los discípulos y a los Apóstoles que Jesús ha resucitado. Pedro y Juan son avisados por María Magdalena de la buena nueva. Salen disparados al sepulcro con María Magdalena detrás. El primero en llegar es Juan.

Ve en el suelo, las mortajas con las que el viernes él mismo ayudo a envolver al Maestro. Pedro sin pensarlo dos veces se abalanzó dentro del sepulcro y lo encontró vacío. No dan crédito a sus ojos.
Magdalena había quedado fuera y no podía contener el llanto. Se habían llevado el cuerpo de su maestro. Ve a dos figuras luminosas que le preguntan por qué llora. Ella ni les mira y se lamenta de que lo han movido a otra tumba. Y suplica para que se lo devuelvan.

Entonces se le acerca uno de estos hombres y le vuelve a preguntar ¿A quien busca?.
María esta inconsolable. Sin mirarlo le dice que busca a Jesús, que han robado su cuerpo. Es entonces que la persona se le revela como Cristo resurrecto. María, sorprendida no lo había reconocido. Llena de gozo solo atina a sonreír. Las lagrimas en sus ojos pasan a ser de alegría. Ella es la primera que ve a Cristo. Durante los próximos cuarenta días Jesús se les aparece a los apóstoles en diferentes ocasiones, hasta que finalmente asciende a los cielos. Diez días después de su ascensión, llegara el Espíritu Santo para consolar e inflamar los corazones de los apóstoles e iniciar la evangelización del mundo.

Este domingo de Pascua o de Resurrección las iglesias cristianas festejan la victoria de Cristo sobre la muerte. Durante la noche, tuvo lugar la vigilia pascual. Conocida como la madre de todas las vigilias. En el medioevo los futuros caballeros preferían esta noche para velar sus armas y ser armados caballeros durante la pascua. La iglesia católica retoma la misa y se imparten todos los sacramentos. Esta misa es vibrante y desbordante de música y coros. Se bendice el fuego y se enciende el cirio pascual. La pascua inicia lo que se denomina tiempo pascual que durara 50 días, concluyendo en el Pentecostés. Es la tercera fiesta más importante del calendario litúrgico, después de la Pascua y la Navidad.

Los evangelios rescatan que Jesús se les aparecía a los discípulos. No como un fantasma incorpóreo, si no como un hombre de carne y hueso. Ya que se le podía tocar y comió con ellos en más de una oportunidad. De hecho, Tomás metió el dedo en la herida de la lanza. Durante la última cena, Felipe le dice a Cristo “Muéstranos al padre y con eso nos basta” en alusión de que así les sería más fácil creer. A lo que Jesús les respondió “Bienaventurados aquellos que creen en mí, sin ver”. De esta manera, al hacer que los discípulos le tocasen, probaba sin dudas que había resucitado. Aunque no permanecía mucho tiempo con ellos.
Algo interesante de rescatar es el tema de la guardia romana y que no re retoma en los evangelios.

Abandonar un puesto de guardia era el equivalente a desertar y esto se castigaba generalmente con la muerte. Los legionarios fueron de los primeros soldados profesionales del mundo. Eran veteranos de combate y no se asustaban con facilidad.
De más estar decir que se encontraban fuertemente armados. Portaban un escudo, una lanza, una espada larga y el gladius, la espada corta romana. Así como la armadura articulada de la infantería. Se necesitaría por lo menos, de cinco a diez hombres decididos y armados, para enfrentar a un solo legionario. Y aun así no estaría asegurada la victoria.
¿Qué pudo espantar a esa guardia de cuatro legionarios? Sea lo que fuese debió de ser algo realmente removedor y aterrador. Recuerden que la piedra que sellaba la entrada pesaba unas dos toneladas y al parecer se movió desde dentro.

Los relatos varían. Algunos cuentan que vieron una intensa luz se encenderse dentro del sepulcro. Mientras un ángel descendió del cielo y sin esfuerzo, movió la piedra que obturaba la entrada. Los soldados dejaron sus armas y abandonaron el lugar precipitadamente. Otros cuentan que la piedra se movió sola dejando al descubierto a un Jesús en toda su gloria divina. La visión, llenó de pavor a los pobres legionarios que desaparecieron del lugar. Fuese como fuese, al amanecer el sepulcro se encontraba vacío y desprotegido.
La noticia de la resurrección es la culminación de la predica de Cristo. La victoria sobre la muerte y la nueva alianza que libera a la humanidad, permitiéndole la entrada al paraíso. Es por estos motivos que es el día más importante de la liturgia y de la fe cristiana.

Aquí concluye esta semana santa, con la Pascua. Muchos la recordaran como el evento religioso más importante de su fe, otros comiendo huevos de chocolate.
Lo que no deja de sorprender es como las ideas y enseñanzas de este hombre, sobrevivieron los avatares de la historia y de la memoria humana. Un hombre excepcional. Iluminado por la sabiduría más elevada. Muchas veces mal interpretado hasta por sus propios seguidores y tergiversado su mensaje por interese espurios. Sin embargo, su mensaje permanece, como el de otros grandes maestros.
Si despojásemos a Jesús de toda la parafernalia religiosa. Si le quitásemos su divinidad, sus milagros, la pasión y la cruz. Aun así, permanecería su mensaje, simple y claro. Un mensaje que define un camino difícil de recorrer. Carente de egos y lleno de empatía. Donde el nosotros, es más importante que el yo. Donde el amor es la brújula que guía la vida, donde no existe ni la soberbia o el orgullo.
Un camino que lleva sin duda al corazón de Dios. O a la iluminación, que es básicamente lo mismo.

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