Se recuerda este día, el Descenso a los Infiernos de Cristo. Es el segundo día y medio del triduo pascual. Así como el viernes, no se celebra misa, ni se otorgan los sacramentos excepto el de la confesión y la extremaunción (o unción de los enfermos).
En la Iglesia Anglicana se cubre el altar con un paño negro. En la Iglesia Católica se hacen retiros y a la tarde se prepara la vigilia pascual, esperando la resurrección, la más importantes de las fiestas cristiana.También es la fecha que se conmemora la Soledad de la Virgen. El sábado del silencio.

Luego de bajarlo de la cruz, la Virgen tomó en sus brazos el cuerpo exánime de su hijo. Hay otros con ella que la acompañan. Limpiaron y prepararon el cuerpo para su descanso final. Las otras mujeres que están con ella, tratan de consolarla. Eventualmente debe de volver a su casa. La acompaña el apóstol Juan. Solo podemos imaginar la congoja y pena de una madre que ha perdido a su hijo.
Experimentó la soledad de la pena, en una nueva dimensión. Ya había perdido a sus padres y a su esposo José. El dolor de la perdida ya la había mordido anteriormente y María era una mujer fuerte. Aunque en estas situaciones, la fortaleza puede flaquear y lo hace.

El recuerdo del ser amado que ya no está, estrangula la garganta y oprime el pecho con fuerza inusitada. No se puede evitar el llanto y tampoco es aconsejable. Se siente el poder cósmico de la Muerte. Se manifiesta cristalina, la verdad incuestionable, de que todos nos doblegaremos ante ella.
La Virgen en la soledad de su alma, siente ese dolor intensamente. La iglesia católica la recuerda a través de las imágenes como la Virgen Dolorosa, la Virgen de la Soledad o la Santa Piedad. En todas, está implícita la aceptación de esta la triste realidad. No hay registros orales o escritos de que María se rasgara sus vestiduras en señal de desesperación o desafiase al designio divino. No hubo reclamos, ni recriminaciones. Solo la digna entereza de la resignación ante lo ya consumado, ajeno a su poder.

La Virgen poseía una gran fe. Cristo en su prédica resucitó a varias personas (no sólo a Lázaro) y prometió regresar triunfante. Y si alguien confiaba en Jesús de forma incuestionable, esa era María, su madre. Estaba segura de que resucitaría. Que no se quedaría con ella, como de seguro deseaba.
Su hijo ya no pertenecía a este mundo.
Recordemos que, desde la anunciación del arcángel, ella sabía de antemano el fin de Jesús. Pudo haberle exigido a Dios más tiempo. O haberlo tildado de sádico, al revelarle el destino de su amado hijo. No. Nada de eso pasó por su mente. Ella solo sintió agradecimiento.
La gratitud de poder verlo crecer. De los años de felicidad, cuando José lo tomó en brazos por primera vez. Cuando empezó aprender el oficio de carpintero junto a su padre. Gratitud incluso, por las noches en vela, cuando se ausentaba en su prédica por Galilea.
Ella lo vio transformarse, del dulce bebé de Nazaret, al Mesías de Jerusalén.

Es en este día, que se reflexiona sobre la muerte. Todos hemos experimentado la pérdida, por la que pasó María. O la experimentaremos eventualmente.
Lo importante es con que nos quedamos, luego de la despedida. Con el dolor lacerante de la ausencia de la persona amada o con la gratitud de haber compartido con ella parte de nuestra vida.
El Credo reza, que Jesús descendió al abismo el sábado. Al Sheol hebreo, al Hades griego, al Tártaro romano, al Infierno nuestro. ¿Qué fue hacer allí? Si su alma no tenia mancha de pecado alguna.
Había nacido de mujer como todo hombre y por lo tanto con la marca del pecado original. Marca que removió de él y de toda la humanidad, al ser bautizado por Juan el Bautista. Esa marca original impedía que la humanidad entrase al paraíso. Con su muerte nos abrió esas puertas para todos. Pero aun así quedaban los que habían muerto en gracia antes de la llegada de Cristo. ¿Por que descendió Cristo al abismo?

A liberar a todos los justos. Hombre y mujeres que amaban a Dios. Que habían cumplido con la voluntad y leyes divinas. Patriarcas y profetas. Reyes y plebeyos. De un lugar llamado, Limbo. Un lugar en el abismo donde estas almas esperaban sin sufrir, ser rescatadas por el cordero de la nueva alianza.
Descendió y rompió las puertas de este limbo. A Satanás de seguro no le agradó para nada, perder esas almas. Que si bien era cierto, que él no las atormentaba, tampoco disfrutaban de la mirada de Dios. Con la instauración del bautismo y la liberación del Limbo, el pecado original quedaba casi sin efecto.

Así lo pensaron algunos de la Iglesia primitiva. Sin embargo el pecado original es eterno y afecta a todos los nacidos de mujer. Así fue dispuesto por el Altísimo, al expulsar a Adán y Eva del paraíso. A la vez le otorgó a la humanidad, el libre albedrío. La opción de elegir entre el bien y el mal. Seguir amando al Creador, siguiendo una vida justa. O darle la espalda, condenándose al infierno.
El bautismo borra ese pecado original, dando al bautizado una entrada al cielo, luego de su muerte. Siempre y cuando haya llevado una vida justa.
Un tema delicado que surge es el concerniente a los bebes muertos al nacer o antes de bautizarse. ¿Se iban al limbo? La respuesta durante siglos fue, un rotundo sí.
No sufrían ningún tormento. Tenían una felicidad natural, pero no gozaban de la mirada de Dios. Luego de muchas discusiones en el año 2006, se eliminó tras un intenso debate teológico, el Limbo de la esfera de la Fe. Todo infante muerto al nacer, a causa del aborto o a una edad que le impidiese entender la fe, entraba directamente al cielo.

Algo interesante de ver, es el periplo histórico de este lugar intermedio, de esta antesala infernal. Que Cristo derribó sus puertas, pero no eliminó. Y que fue sustituída, tiempo después por un lugar de expiación, el purgatorio.
El Mesías nunca los menciona en los evangelios. El solo habló del Cielo y del Infierno.
Durante la Edad Media, al morir había cuatro destinos diferentes.
Podría haber sido el Cielo, si el creyente llevó una vida justa y coherente con las enseñanzas.
El purgatorio, un lugar de paso casi idéntico que el infierno. Donde se expiaban las faltas y fallas en la fe. Luego de cumplir un determinado tiempo (el cual podría extenderse hasta al final de los tiempos), se abandonaba para ascender a los cielos.

O al infierno. A sufrir por la eternidad. En el caso de haber vivido una vida de pecado o si la muerte lo sorprendía con algún pecado mortal inconfeso. Sin recibir la extremaunción. Es por este motivo que los capellanes acompañaban a los ejércitos, para confesar a los moribundos y bendecir a los muertos.
O al limbo, un lugar reservado para todo los no bautizados, que murieron inocentes, solo con el pecado original. Ya que, si se infringía cualquiera de los mandamientos, se conociese o no, el destino era el infierno. Esa compleja visión medieval, cambió con el tiempo hasta que el limbo finalmente, fue erradicado.
Esta noche es la vigilia pascual, al amanecer las campanas repicaran llevando la noticia de la resurrección de Cristo, pero eso lo veremos mañana.

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