Pentecostés

Hoy domingo 19 de mayo de mayo, se celebra una festividad muy importante entre las iglesias cristianas. El Pentecostés. Cincuenta días después de Pascuas, con el Pentecostés se cierra el tiempo pascual. Justamente, la palabra Pentecostés deriva de la palabra griega pentēkostḗ, que significa “quincuagésimo” (50). Es durante esta festividad que se celebra la venida del Espíritu Santo y la iglesia da comienzo a su año litúrgico. En lo que concierne a la Iglesia Católica, es la fiesta más importante después del Domingo de Resurrección y la Navidad. La liturgia incluye, el canto medieval: Veni, Sancte Spiritus. En este canto antiguo de más de mil años, la iglesia pide ser auxiliada por el Espíritu Santo y que este derrame sus dones y consuelo sobre los feligreses y sus familias.

Y así como la Pascua es una fiesta judía y que los cristianos heredaron por los eventos que en ella ocurrieron. Con el Pentecostés sucede algo similar. La celebración nace de la fiesta llamada Shavuot  o fiesta de las siete semanas. Se celebra al quincuagésimo día, de la aparición de Dios a Moisés, en el Monte Sinaí. Por lo tanto, el día de Pentecostés también se celebra la entrega de los mandamientos al pueblo de Israel.  El Shavuot, (al igual que el Pentecostés en la iglesia católica) era una de las tres grandes fiestas judías. Ese día, una gran cantidad de personas subían a Jerusalén, para dar gracias a Dios y adorarle en su templo. Esta Fiesta de las siete semanas, en sus orígenes tenía un carácter agrícola. Se trataba de la festividad de la siega, día de regocijo y de acción de gracias.  En la que se ofrecían, las primicias de lo producido por la tierra. Estaba estipulado que la celebración debía festejarse siete semanas después de que se empezase la primera labor de la siega. Y así estaba indicado: “Contaréis siete semanas enteras a partir del día siguiente al sábado, desde el día en que habréis llevado la gavilla de la ofrenda mecida, hasta el día siguiente al séptimo sábado, contaréis cincuenta días.” Levítico 23, 15-16

Más tarde, esta celebración se convirtió en recuerdo y conmemoración de la Alianza del Sinaí. Por designio divino, esta fiesta que los judíos celebraban con tanta alegría se convirtió en la fiesta de la “Nueva Alianza”. La de la venida del Espíritu Santo con todos sus dones y frutos, sobre los apóstoles y demás fieles. O así por lo menos lo ven los cristianos.

EL ESPÍRITU SANTO

Para los cristianos, Pentecostés es el fruto de la obra realizada por Jesús. El resultado de sus merecimientos. En el Nuevo Testamento se menciona a veces, que fue el propio Cristo quien simplemente envió al Paráclito (del griego paráklētos, Consolador) refiriéndose al Espíritu Santo. ​ Otras veces el que lo envía es el Padre. O bien a ruegos de Cristo, o bien, en nombre de Cristo.  En una ocasión se afirma, que lo envió Cristo de parte del Padre. El libro del Apocalipsis lo puso de manifiesto en la siguiente frase: “Un río de agua viva, resplandeciente como el cristal, saliendo del trono de Dios y del Cordero”.

Para el Nuevo Testamento, el Espíritu Santo es el “Espíritu de Cristo”. Otras veces se lo llama el “Espíritu de Jesús” o “Espíritu de Jesucristo”. También se lo llama “Espíritu del Señor” o “Espíritu de su Hijo” Fue San Pedro, el primero en explicitar el significado del acontecimiento de Pentecostés en su discurso pronunciado ese mismo día. Era el comienzo de la efusión del Espíritu Santo, que Dios había prometido para la “plenitud de los tiempos”. Esos últimos tiempos, empezaron con la muerte y resurrección de Jesucristo, cuya señal fue la de hacer hablar a los apóstoles como verdaderos profetas, mediante la efusión del Espíritu Santo.

Esta cualidad única del Espíritu Santo y que muchos fieles lo asocian con la paloma blanca, que apareció en el momento del bautismo de Jesús por San Juan Bautista. Esta emanación divina es en cierta manera independiente y complementaria de Dios Padre y Dios Hijo. Lo que nos lleva al Dogma de Fe del Dios Trino. El glorioso misterio de la Santísima Trinidad. Este tema se lleva tratando más de 1700 años, en la esfera de la teología cristiana. Ha suscitado todo tipo de interrogantes, algunas de las cuales condujeron a cismas e incluso guerras. Se han escrito miles de libros, ensayos y ponencias, las cuales exceden por mucho al creyente promedio. Es por este motivo (y otros) que es un dogma de fe. El dogma es una verdad que se acepta sin discusión. En el Nuevo Testamento, el Espíritu Santo aparece impulsando a Jesús durante toda su vida. Fue el Espíritu Santo, quien cubrió el seno materno de la Virgen María antes de que Jesús naciera. Que lleno de regocijo a su prima Isabel e hizo saltar de alegría en su vientre, al que sería el futuro Juan el Bautista. Más tarde, descendió de forma visible, en el momento del bautismo de Jesús. Posteriormente fue el espíritu Santo que condujo a Jesús por el desierto, para devolverlo luego a Galilea.

El primer sermón de Cristo empieza así: “El Espíritu del Señor está sobre mí” De allí que el Espíritu Santo aparezca en la Biblia operando en la misma línea que Jesús. San Ireneo de Lyon, doctor de la Iglesia, ya en el año 193lo resumió en la siguiente frase: “El Padre se complace y ordena, el Hijo obra y forma, el Espíritu nutre e incrementa”. Hasta el mismo momento de la muerte de Jesús, el Espíritu Santo parecía estar circunscrito a los límites normales de su individualidad humana y de su radio de acción. Pero cuando Cristo murió, entregó su espíritu a Dios. En Juan 19-30 se relata así “Jesús dijo: “Todo está cumplido”. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Se suele interpretar que esa entrega se derramo de inmediato sobre la Iglesia, por lo cual en el Evangelio de Juan aparece Jesús dándoles el Espíritu Santo a sus discípulos en el mismo día de su resurrección. Al atardecer de aquel día, el primero de la semana Jesús les dijo otra vez “La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, yo también los envío a vosotros.” Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo “Reciban el Espíritu Santo” Juan 20, 19-22

El Espíritu Santo inflamo los corazones de los apóstoles y como un incendio inflamaría a discípulos y discípulas por todo el mundo. Muchos encontrarían la muerte en su fervor evangelizador que no tenía precedente. En el inicio de la iglesia primitiva, se recogen relatos impresionantes de este fuego inextinguible. Por ejemplo, la conversión de la Legión Tebana que termino con el martirio de todos sus integrantes. Los innumerables cristianos asesinados en circo de Roma. Y se podría seguir el rastro de este incendio divino por toda la historia.

Una pregunta que puede ser incómoda para aquellos que desean la exclusividad de la posesión de este espíritu es esta ¿El espíritu santo quedo circunscrito solo a una iglesia o se propago a todas? No olvidemos que es esencialmente Dios. Hace mucho tiempo escuche esta explicación sobre el Espíritu Santo. “Dios Padre manda a la Tierra a Dios Hijo (Cristo) y el amor entre ambos es el Espíritu Santo”. Es por este motivo, de ser el motor detrás de la fe, que es tan importante para la iglesia. Es el responsable de los llamados a la vocación, del amor sin explicación que sienten muchos fieles. Del entusiasmo alegre, de aquellas personas que lo conectan por primera vez.


Publicado

en

por

Etiquetas:

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *