El Nacimiento

El invierno ya estaba presente y aún faltaban algunos kilómetros para llegar al poblado. Un hombre robusto y de mirada firme llevaba de las riendas a un burro en cuyo lomo cargaba lo más preciado para él. Una joven mujer embarazada casi a término, envuelta en un manto de lana blanca.

El hombre miraba atentamente el camino y cada tanto ladeaba su cabeza para confirmar que su esposa estuviese bien. Y cada vez que lo hacía, ella le sonreía y su corazón saltaba en su pecho. Le preocupaba un poco llegar ya anochecido el día, pero alejaba esos pensamientos con una simple súplica al Dios de sus padres. “Baruj atá Adonai” Bendito seas Señor Dios nuestro.  Estaba terminando su oración cuando pudo ver los humildes techos del poblado. Habían llegado a Belén.

A unas decenas de kilómetros al sur, una extraña caravana recorría el desierto. Serían unos cien camellos y trecientos personas entre sirvientes y soldados armados. Hacía más de cuarenta días que habían emprendido el viaje desde oriente. Eran comandados por tres sabios los cuales habían descubierto en el cielo una incipiente estrella que aumentaba su brillo diariamente. Luego de reunirse en concilio, llegaron a la conclusión que dicha estrella indicaba el lugar exacto de un evento singular.

Consultando antiguos manuscritos, profecías y lo que les decía el cielo estos tres reyes entre todos los sabios magos de oriente, llegaron a la conclusión fuera de toda duda que ese fenómeno astronómico indicaba el próximo nacimiento de una persona excepcional. Un hombre que en su día liberaría a la humanidad de antiguas cadenas y seria conocido como uno de los Hijos de Dios.

Rápidamente se organizaron para ir a verle, ya que esa estrella nueva indicaba el camino a seguir, hacia el oeste. Llevaban un sinfín de cosas, pero las más importante eran tres cofres hermosamente trabajados. En uno lo llevaban oro, ya que era un regalo digno de un rey. El niño que iba nacer estaba destinado a ser rey de reyes. En otro llevaban incienso, lo que habitualmente se ofrendaba a los dioses. Y por último mirra la cual se usaba para embalsamar y preservar los cadáveres. Era el regalo que representaba la humanidad del recién nacido. Él era el cordero de la Nueva Alianza.

Durante todos esos días, los reyes magos fueron guiados por la estrella. Según sus cálculos el nacimiento tendría lugar ese día, a unos pocos kilómetros de donde se encontraban. La caravana se detuvo y empezaron a levantar el campamento. Los reyes vieron a lo lejos, el poblado que sería el escenario de tan magno evento. Contra el consejo del capitán de su guardia, estos tres reyes decidieron hacer solos el último tramo del camino.

Dos jóvenes pastores estaban absortos, observando esa extraña estrella que podía ser vista a pleno día. Discutían sobre su naturaleza y su significado. Sólo estaban cuidando a un par de corderos ya que sus hermanos mayores estaban a cargo del rebaño. Su trabajo básicamente consistía en recuperar aquellos animales que se perdían y que según sus hermanos eran tan atolondrados como ellos. Por supuesto nunca les dijeron que habían sido iguales cuando tenían su edad. No llegaban a los diez años y con su amplio conocimiento del mundo, trataban de encontrarle un significado a lo que sucedía en los cielos.

Fue en ese momento que una intensa luz se manifestó a sus espaldas, sobresaltados se dieron vuelta para caer de rodillas, al ver a unos pocos metros a uno de los arcángeles de Dios. Sus jóvenes mentes solo percibían el inmenso poder que emanaba, la excelsa belleza de un severo rostro de ojos gentiles. Quedaron como fulminados, ninguna palabra salía de sus bocas y apenas si podían respirar. Luego les llegó su voz. Una profunda voz , que les hablaba directamente a sus almas y que les decía, “¿Qué hacéis aquí, cuando en vuestro establo, está naciendo el salvador del mundo?

Y como si de repente se liberarse un resorte, los dos jovencitos se pararon al unísono, tomando en sus brazos a cada uno de los corderos que vigilaban, y raudamente se encaminaron a Belén. Mientras corrían, contemplaron el inmenso ejército celestial que cubría el paisaje hasta donde alcanzaba la vista. Se miraron asombrados y empezaron a reír con una algarabía que jamás habían sentido y que nunca sentirían de nuevo.

El hombre finalmente había llegado a su destino. José era su nombre y carpintero su profesión. Venían desde muy lejos, desde Nazaret. El motivo era el censo decretado por el Cesar romano y como provincia debían de acatar lo decretado. Su esposa María desmontó al noble burro, ayudada por un preocupado José. El burro se quejó por perder su carga. Se dirigieron a buscar alojamiento, pero nada encontraron. Cuando parecía que pasarían al descampado, una mujer ya entrada en años, curtida por el duro trabajo les llamó. Era la madre de los pastores.  Le había comentado a su esposo, que una pareja de extranjeros necesitaba alojamiento ya que la mujer estaba en avanzado estado de preñez. Le dijo de albergarlos en el establo y su esposo accedió, no muy convencido.

La mujer tomó a María de la mano y la acompañó al lugar donde le esperaba su esposo en la puerta. Al verlos llegar y al mirar con más atención a la pareja, todo molestia e irritación se borraron de su mente. Sintió que su casa era bendecida por la llegada de estos extranjeros, cuyos rostros irradiaban una intensa bondad a pesar de su marcado cansancio. Rápidamente abrió el portal de madera del humilde establo (que por lo menos era un buen refugio para el frío exterior).  Tomó de las manos de José con una sonrisa, las riendas del noble burro y lo acomodó en uno de los rincones donde había agua y paja. Encendieron una lámpara de aceite ya que el Sol se estaba ocultando. El dueño de casa ayudado por José, encendió una pequeña hoguera para caldear el ambiente. La mujer acompañó a María a una parva de paja donde pudiera sentarse.

En ese instante los dos pequeños pastores llegaron sin aliento con sus corderos y antes que pudiesen decir una palabra, recibieron un par de órdenes directas de su madre, una mujer acostumbrada a mandar. Esta les indicó que dejaran los corderos dentro del corral y fuesen a buscar pan, queso, leche y agua. Así como unos recipientes y que trasmitiesen un mensaje a dos de sus hermanas. El tono perentorio de la voz, no admitía replica y obedecieron callada y raudamente. La mujer miró a su esposo y con un gesto preciso le indicó que ya era hora. Llegaron las jóvenes mujeres con varios enseres y paños, sus hermanos menores con el resto de las cosas. Con un par de miradas, todos los varones fueron desalojados del establo, que se cerró a sus espaldas.

El hombre le extendió a José un trozo de pan y queso. Le sonrió al darse cuenta que era su primera vez y le golpeó suavemente el hombro. Le dijo que se tranquilizara, ya que no había una mejor comadrona en la región que su esposa. Los niños pastores, se salían de ganas de contarle a su padre lo que habían visto pero no encontraban el momento adecuado. Lo veían diferente, usualmente era un hombre serio y curtido por el trabajo, parco de palabra y de alabanzas. Ahora se le veía jovial y animoso con ese extraño. Pensaron que los Ángeles que habían visto, tendrían algo que ver al respecto.

La noche ya había caído y hacía ya un rato que las mujeres se habían encerrado. Los dos hombres y los dos niños esperaban en silencio afuera. A pesar de que debería de hacer frío, parecían no sentirlo. La estrella sobre ellos brillaba intensamente. Cuando un destello de luz descomunal transformó la noche en día y el pequeño establo se convirtió en un Sol. Duró un parpadeo, que dejó a todos los presentes momentáneamente ciegos. Y un tenue y dulce llanto se escuchó a continuación. A la distancia, los tres reyes magos lo vieron también, al igual que sus cabalgaduras que se asustaron. Ahí estaba la confirmación de sus conclusiones, el Mesías había nacido.  Espolearon a sus camellos, los cuales se recuperaron y empezaron a correr.

Las puertas del establo se abrieron y tres mujeres con un rostro beatifico emergieron. Habían sido testigo de un milagro que no podían describir, la luz que las envolvió jamás las dejaría, bendiciendo su descendencia hasta hoy en día. La más vieja de las mujeres solo dijo “ha nacido” y una gran sonrisa iluminó su rostro. José fue el primero en entrar, vio a su joven esposa con un bultito en brazos. Al descubrir el rostro del bebé, que con los ojos aun cerrados le sonreía, cayó de rodillas y los abrazó a los dos. Es imposible describir lo que sintió el noble carpintero, un sentimiento solo comparable a la bienaventuranza eterna. Los otros en entrar atropelladamente, fueron los dos pequeños pastores que a esta altura de los acontecimientos sentían que tenían alas en las espaldas, del gozo inmenso que sentían sin saber por qué. En sus juveniles mentes la existencia del salvador del mundo, del Mesías o del hijo de Dios les era imposible de comprender. Sólo sabían que ese bebé que entreabría sus ojos, les llenaban de un amor que era profundo y eterno, sentían que sus almas cantaban una canción desconocida y a la vez íntima. Y solo desean quedarse cerca. En la puerta, un viejo y endurecido pastor lloraba en silencio la presencia de Dios en su humilde establo, sintiendo como su alma se libraba de todo pecado y se iluminaba intensamente.

Los animales no permanecieron ajenos. Los del establo habían regresado por un momento al Edén. Los de afuera, hasta varios kilómetros de distancia, cesaron toda actividad mirando fijamente hacia Belén. Y un silencio reverencial se extendió por el valle. Los camellos de los tres reyes ya estaban llegando a su destino, no sentían cansancio sino un intenso deseo de llegar. Y llegaron. Los reyes a ver el lugar, cruzaron miradas y aprobaron en silencio. Qué lugar tan maravillosamente humilde, para que naciese el Rey de Reyes.

Los camellos se arrodillaron para que bajasen los reyes, cada uno con un cofre fue hacia la pequeña puerta del establo. Un sorprendido pastor, le franqueó la entrada y uno a uno entraron en el pequeño recinto. En el medio del establo se encontraba el pesebre, un cubículo de roca tallada donde se depositaban aquellos corderos perfectos que se separaban para ser sacrificados a Dios. Dentro de esta especie de cuna pétrea, se encontraba un recién nacido envuelto en unas telas claras, rodeado por su madre, su padre, unos pastores inquietos y una serie de animales entre los cuales destacaba al fondo, un burro de aspecto orgulloso y sereno. El primer Rey Mago se acercó al recién nacido y arrodillándose entregó a sus padres un cofre con oro. Era Melchor, luego Gaspar entregó el incienso y por último Baltasar la mirra.

Desde el cielo se escuchó cantando a los coros angélicos, la buena nueva que solo podía ser oída por aquellos de corazón puro y dignos de la bendición divina. Es por este motivo que nadie de las huestes infernales supo que el Mesías había nacido. Solo se corrió el rumor que tres reyes habían visitado Belén para conocer al Rey de Reyes. Esta noticia llegó si a oídos de Herodes el Grande, rey de Judea y súbdito del Cesar. Una honda preocupación llenó el corazón del rey. La que un recién nacido, le arrebatase el trono. Entonces tomó una terrible decisión, matar a todo recién nacido en Belén y sus inmediaciones. Pero eso es material para un futuro artículo.

Montevideo Tarot les desea a todos, una muy feliz navidad. Que la luz eterna e imperecedera de la Navidad les ilumine y conforte en el año el año por venir.


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